significado de las palabras biblicas en hebreo

 

Significados de las palabras biblicas en hebreos

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Hebreo Bíblico

Lamentar, Luto

<abal (lb'a;), «lamentar, llorar, estar de luto»). Este término es común tanto en hebreo antiguo como moderno y se encuentra 39 veces en el Antiguo Testamento. En los libros poéticos se usa la forma verbal simple activa y, por lo general, tiene un significado figurado. Cuando se refiere literalmente a llorar por los muertos, el vocablo se encuentra en los escritos en prosa y en su forma reflexiva, lo cual indica que la acción se revierte al sujeto. Se encuentra por primera vez en Gn 37.34: «Entonces Jacob … guardó luto por su hijo muchos días» (rvr; «enlutóse» rv).

En sentido metafórico, <abal expresa el «luto» por las puertas (Is 3.26), por la tierra (Is 24.4) y por los prados (Am 1.2). Además de llorar por los muertos, el «luto» puede ser por Jerusalén (Is 66.10), el pecado (Esd 10.6) o el juicio de Dios (Éx 33.4). El luto puede fingirse (2 S 14.2) simplemente con vestirse de luto.

Lavar

rajats (Åj'r;), «lavar, bañar». El hebreo antiguo y el moderno tienen en común este vocablo que se encuentra también en el antiguo ugarítico. Se usa unas 72 veces en el texto del Antiguo Testamento hebreo. En su primera mención encontramos una ilustración de uno de sus usos más comunes: «Que se traiga un poco de agua para que lavéis vuestros pies» (Gn 18.4 rva).

Cuando el término se usa metafóricamente para expresar venganza, las imágenes son un poco más escalofriantes: «Lavará sus pies en la sangre del impío» (Sal 58.10 rva). La acción de Pilato en Mt 27.24 evoca la declaración del salmista: «Lavaré en inocencia mis manos» (Sal 26.6). Los trozos de un animal sacrificado generalmente se lavaban antes de quemarse sobre el altar (Éx 29.17). Rajats se usa a menudo con el sentido de «bañarse» o «lavarse» (Éx 2.5; 2 S 11.2). En sentido figurado se dice de los ojos hermosos que son «lavados con leche» (Cnt 5.12).

kabas (sb'K;), «lavar». Este vocablo es un término común a lo largo de la historia de la lengua hebrea para denotar el «lavado» de ropa. También se encuentra en dos lenguas muy antiguas, ugarítico y acádico, donde se destaca el aspecto de trabajar la ropa con los pies (pisotear). Kabas aparece en el Antiguo Testamento hebreo 51 veces. Su primera mención es en Gn 49.11 como parte de la bendición de Jacob a Judá: «Lavó en el vino su vestido».

En el Antiguo Testamento, el vocablo se usa principalmente con el significado de «lavar» ropa, tanto en el uso ordinario (2 S 19.24) como en un sentido ritual (Éx 19.10; 14; Lv 11.25). A menudo se usa en un paralelismo con «lavarse a sí mismo», como en Lv 14.8–9. Kabas se usa con la connotación de «lavarse» o «bañarse» a sí mismo solo metafóricamente y como expresión poética, por ejemplo, Jer 4.14: «Lava de maldad tu corazón, Jerusalén, para que seas salva» (nrv).

 

Lengua

lashoÆn (÷/vl;), «lengua; lenguaje; habla». Se conjetura que este vocablo podría tener su raíz en el término «lamer». El nombre se halla en ugarítico, acádico (lishanu), fenicio y arábigo. Aparece 115 veces en el Antiguo Testamento hebreo, sobre todo en los libros poéticos y, en menor grado, en los proféticos. Su primera mención es en Gn 10.5: «De estos, las costas de las naciones se dividieron en sus tierras, cada uno conforme a su lengua, según sus familias, en sus naciones» (lba).

El significado básico de lashoÆn es «lengua», con referencia al órgano humano (Lm 4.4) y de animales (Éx 11.7; Job 41.1). El significado derivado de «lengua» como órgano de comunicación oral es más frecuente. Uno puede ser «tardo» (rva) o «torpe» (rvr, nrv) de lengua (Éx 4.10); o hablar con soltura: «El corazón de los imprudentes entenderá para comprender, y la lengua de los tartamudos hablará con fluidez y claridad» (Is 32.4 rva). Véase la descripción de la «lengua» en Sal 45.1 (rva): «Mi corazón rebosa de palabras buenas; dedico al rey mi canto. Mi lengua es como pluma de un veloz escriba». Por razón de las asociaciones positivas y negativas de lashoÆn, este a menudo denota el nombre «habla». En la literatura sapiencial en particular, la manera de hablar se tiene como la expresión externa del carácter del que habla. No se puede confiar en la «lengua» del necio (Sal 5.9), porque es engañosa (Sal 109.2; 120.2–3; Pr 6.17), jactanciosa (Sal 140.11), mentirosa y lisonjera (Pr 26.28), difamadora (Sal 15.3), subversiva y perversa (Pr 10.31). Por otro lado, la «lengua» del justo comunica vida (Pr 15.4). Aunque la «lengua» se describe «como espada afilada» (Sal 57.4), es portadora de vida para los justos y de muerte para los injustos: «La muerte y la vida están en el poder de la lengua, y los que gustan usarla comerán de su fruto» (Pr 18.21; cf. 21.23; 25.15). Para los autores bíblicos, cuando Dios da la capacidad de hablar, hay inspiración divina: «El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua» (2 S 23.2; cf. Pr 16.1). «Lengua», con el significado de «habla», tiene como sinónimos a peh, «boca» (Sal 66.17), y menos frecuentemente a sapah, «labio» (Job 27.4).

Otra extensión del significado básico es «lenguaje». En hebreo, tanto sapah como lashoÆn denotan una «lengua» extranjera: «Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablará a este pueblo» (Is 28.11). Las siguientes palabras describen muy bien la situación de quienes se sienten extraños a una «lengua»: «No verás más al pueblo feroz, pueblo de habla incomprensible, que nadie entiende, de lengua tartamuda, que nadie comprende» (Is 33.19 lba).

LashoÆn también se refiere a objetos que tienen la forma de una lengua. Resaltan las «lenguas de fuego» que también poseen la característica de «comer» o «devorar»: «Por tanto, como la lengua del fuego consume el rastrojo, y la llama devora la paja» (Is 5.24). Esta asociación de Isaías entre la venida de Dios en juicio con humo y fuego dio lugar a una aguda descripción literaria de la ira de Dios: «He aquí que el nombre de Jehová viene de lejos. Arde su furor y levanta densa humareda. Sus labios están llenos de ira, y su lengua es como fuego consumidor» (Is 30.27). Obsérvese aquí que los términos «labios» y «lengua» expresan el significado de «lenguas de fuego», al mismo tiempo que el lenguaje sugiere tanto la «lengua» (órgano del cuerpo) como «lengua de fuego». También se denominaban lashoÆn a un lingote de oro (Jos 7.21) y una bahía en forma de lengua (Is 11.15).

En la Septuaginta, el vocablo se traduce glossa («lengua; lenguaje»).

Levantarse

Verbo

quÆm (µWq), «levantarse, erguirse; suceder, acontecer». El vocablo se halla en casi todas las lenguas semíticas, incluyendo hebreo y arameo bíblico. Aparece unas 630 veces en hebreo y 39 veces en arameo.

El término tiene varias aplicaciones. Denota cualquier movimiento hacia una posición vertical, tal como levantarse de la cama (Gn 19.33); o bien lo contrario de estar sentado o arrodillado, como cuando Abram «se levantó de delante de su difunta» (Gn 23.3). Puede referirse también al resultado de «levantarse», como cuando José vio en un sueño su gavilla levantarse y mantenerse «erguida» (Gn 37.7 rva).

QuÆm tiene un uso intransitivo, sin un complemento directo que indique el punto de partida de la acción, como cuando Isaías dice: «No sucederá [«no subsistirá» rv], ni será así» (Is 7.7 rva). A veces quÆm se usa en modo intensivo para expresar las acciones de «facultar» o «fortalecer»: «De tristeza llora mi alma; fortaléceme conforme a tu palabra» (Sal 119.28 lba). También sirve para denotar un acontecimiento inevitable o algún hecho preanunciado o arreglado (Ez 13.6).

En un contexto militar, quÆm puede significar «entablar un combate». En Sal 18.38 (rva), por ejemplo, Dios dice: «Los golpeé, y no pudieron levantarse» (cf. 2 S 23.10).

Otros usos de quÆm son: «continuidad», en forma muy parecida a >amad, por ejemplo: «Pero ahora tu reino no perdurará» (1 S 13.14 lba); y «validez», como cuando los votos de una mujer no serán «firmes» (rvr; «válidos» rva) si su padre se lo prohíbe (Nm 30.5). Véase también Dt 19.15, que declara que un asunto puede «confirmarse» únicamente con dos o más testigos. En algunos pasajes, quÆm significa «inmóvil», como se dice de los ojos de Elí (1 S 4.15).

Otra acepción especial de quÆm es «volver a levantar», como cuando una viuda sin hijos se queja ante los ancianos: «Mi cuñado rehúsa levantar nombre en Israel a su hermano» (Dt 25.7 rva). En otras palabras, el hermano se niega a continuar («volver a levantar») el nombre de la familia.

En compañía de otro verbo, quÆm puede sugerir simplemente el inicio de una acción. Cuando la Escritura dice que «[Jacob] se levantó, cruzó el río [Éufrates]» (Gn 31.21), no significa que literalmente se puso de pie, solo que comenzó a cruzar el río.

Algunas veces quÆm forma parte de un verbo compuesto sin mantener un significado propio. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de una orden. Por eso, Gn 28.2 podría traducirse: «Ve a Padan-aram», en lugar de «Levántate, ve». Otras acepciones especiales aparecen cuando quÆm se usa con ciertas partículas. Con >al, «contra», a menudo significa «luchar contra » o «atacar»: «Cuando un hombre se levanta contra su vecino y lo mata» (Dt 22.26 lba). Tiene el mismo significado en Gn 4.8, primera mención del vocablo. Con la partícula be («contra»), quÆm significa «presentar una acusación formal»: «No se levantará un solo testigo contra un hombre» (Dt 19.15 lba). Con le («para»), quÆm significa «testificar en favor»: «¿Quién se levantará por mí contra los malhechores?» (Sal 94.16 rva). La misma construcción puede significar el «traspaso» de un título de propiedad, como en el caso del campo de Efrón (Gn 23.17).

 Nombre

maqoÆm (µ/qm;), «lugar; altura; estatura; posición». En el Antiguo Testamento hay tres nombres que tienen relación con quÆm. El más importante es maqoÆm, que aparece 401 veces en el Antiguo Testamento. Se refiere al sitio en el que algo o alguien está levantado (1 S 5.3), sentado (1 R 10.19), mora (2 R 8.21) o simplemente está (Gn 1.9). Puede además referirse a una localidad más amplia, tal como un país (Éx 3.8), o a un espacio intermedio no determinado (1 S 26.13). «Lugar» puede también referirse a una tarea u oficio (Ec 10.4). El nombre además tiene la acepción de «santuario», o sea, un «lugar» de culto (Gn 22.3).

 

Ley

 Nombre

toÆrah (hr;/T), «ley; dirección; instrucción». Este nombre aparece 220 veces en el Antiguo Testamento hebreo.

En la literatura sapiencial, donde toÆrah no aparece con artículo definido, el significado principal de este nombre es «dirección, enseñanza, instrucción»: «La instrucción del sabio es fuente de vida, para apartarse de las trampas de la muerte» (Pr 13.14 rva); también: «Toma, pues, de su boca la instrucción y pon sus dichos en tu corazón» (Job 22.22 rva). El objetivo de la «instrucción» de los sabios de Israel, que tenían a su cargo la instrucción de los jóvenes, era cultivar en ellos el temor del Señor para que pudieran vivir conforme a lo que Dios esperaba de ellos. El sabio era como padre de sus pupilos: «El que guarda la ley es hijo inteligente, pero el que se junta con glotones avergüenza a su padre» (Pr 28.7 lba; cf. 3.1; 4.2; 7.2). El padre natural también instruía a sus hijos en cómo vivir sabiamente, de la misma manera que una mujer temerosa de Dios era ejemplo de «enseñanza» bondadosa: «Abre su boca con sabiduría, y hay enseñanza de bondad en su lengua» (Pr 31.26 rva).

La «instrucción» que Dios dio a Moisés y a los israelitas llegó a conocerse como «la ley» o «la dirección» (ha-toÆrah), y muy a menudo como «la ley del Señor»: «¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que andan en la ley del Señor!» (Sal 119.1 lba), o «la ley de Dios»: «Esdras leía día tras día en el libro de la Ley de Dios, desde el primero hasta el último día» (Neh 8.18 rva); y también como «la ley de [dada por] Moisés»: «Acordaos de la ley de mi siervo Moisés, a quien encargué en Horeb leyes y decretos para todo Israel» (Mal 4.4 rva). El término puede referirse a toda «la ley»: «Él estableció su testimonio en Jacob y puso la ley en Israel. Mandó a nuestros padres que lo hicieran conocer a sus hijos» (Sal 78.5 rva). También puede indicar ciertas leyes en particular: «Esta es la ley que Moisés puso ante los hijos de Israel» (Dt 4.44 rva).

Dios comunicó la «ley» para que Israel pudiera obedecer y vivir: «¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y decretos tan justos como toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?» (Dt 4.8 rva). Se instruye al rey que debe recibir una copia de «la ley» en ocasión de su coronación (Dt 17.18). Los sacerdotes estaban encargados de estudiar y enseñar «la ley», así como la jurisprudencia que se fundamentaba en ella (Jer 18.18). Por causa de la apostasía desenfrenada, en los últimos días de Judá no había sacerdotes docentes (2 Cr 15.3); es más, durante el reinado de Josías «la ley» (fuese esta toda la Torá, un libro entero o solo una parte) se recobró: «Hilcías, dijo al escriba Safán: Yo he hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. Y dio Hicías el libro a Safán» (2 Cr 34.15).

Los profetas desafiaron a Israel a arrepentirse regresando a la toÆrah («instrucción») de Dios (Is 1.10). Jeremías profetizó acerca de la nueva forma de Dios tratar a su pueblo, en términos del nuevo pacto en que su «ley» la asimilaría un pueblo que obedecería a Dios de buena voluntad: «Porque este será el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Jer 31.33 rva).El último profeta del Antiguo Testamento recuerda a los sacerdotes sus obligaciones (Mal 2) y reta al pueblo de Dios a recordar la «ley» de Moisés en preparación para el Mesías que habría de venir (Mal 4.4).

La Septuaginta ofrece las siguientes traducciones: nomos («ley; regla»); nominos («de acuerdo con la ley»); entole («mandar, mandamiento, orden») y prostagma («orden; mandamiento; mandato; requerimiento»).

 Verbo

yarah (hr;y:), «lanzar, arrojar, erigir, dirigir, enseñar, instruir». El nombre toÆrah se deriva de esta raíz. El significado «erigir» se encuentra en Gn 31.51: «Dijo más Labán a Jacob: He aquí este majano, y he aquí esta señal, que he erigido entre tú y yo». Yarah significa «enseñar» en 1 S 12.23: «Os instruiré en el camino bueno y recto».

 

Libro

seper (rp,s,), «libro; documento; escritura». Seper parece ser prestado del término acádico sipru («mensaje escrito, documento»). El vocablo aparece 187 veces en el Antiguo Testamento hebreo, y el primer caso está en Gn 5.1: «Este es el libro de los descendientes de Adán: Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a semejanza de Dios» (rva). A excepción de Deuteronomio (11 veces), hay muy pocos ejemplos del término en el Pentateuco. Es más frecuente en los libros históricos tardíos (Reyes 60 veces, pero en Crónicas 24 veces; cf. Ester 11 veces y Nehemías 9 veces).

La traducción más común de seper es «libro». Un manuscrito se escribe (Éx 32.32; Dt 17.18) y se sella (Is 29.11) para que lo lea el destinatario (2 R 22.16). El sentido de seper es semejante al de «rollo o pergamino» (megillah): «Entra tú pues, y lee de este rollo que escribiste de mi boca, las palabras de Jehová a los oídos del pueblo, en la casa de Jehová, el día del ayuno; y las leerás también a oídos de todos los de Judá que vienen de sus ciudades» (Jer 36.6). Seper está también estrechamente relacionado con sipra («libro»; Sal 56.8).

Se mencionan muchos «libros» en el Antiguo Testamento: el «libro» de memorias (Mal 3.16), «libro» de la vida (Sal 69.28), «libro» de Jaser (Jos 10.13), «libro» de las generaciones (Gn 5.1),«libro» del Señor, «libro» de las crónicas de los reyes de Israel y Judá, y las anotaciones del «libro» de los reyes (2 Cr 24.27). Los profetas escribieron «libros» mientras vivieron. La profecía de Nahum comienza con la siguiente introducción: «La profecía acerca de Nínive. Libro de la visión de Nahúm, de Elcós» (1.1 rva).

Jeremías escribió varios «libros» además de su carta a los cautivos. Escribió un libro sobre los desastres que caerían sobre Jerusalén, pero el «libro» lo destruyó el rey Joacim (Jer 36). En este contexto aprendemos algo del proceso de escribir un «libro». Jeremías dictó a Baruc, quien escribió con tinta sobre el rollo (36.18). Baruc llevó el libro a los judíos que fueron al templo a ayunar. Cuando confiscaron y quemaron el «libro», Jeremías escribió en otro rollo un «libro» con una fuerte condenación a Joacim y su familia: «Entonces Jeremías tomó otro rollo y lo dio al escriba Baruc hijo de Nerías. Este escribió en él, al dictado de Jeremías, todas las cosas del libro que Joacim rey de Judá había quemado en el fuego; y además, fueron añadidas muchas otras palabras semejantes» (Jer 36.32).

Ezequiel recibió la orden de comer un «libro» (Ez 2.8; 3.1) como un acto simbólico del juicio de Dios sobre Judá y su restauración.

Seper puede también significar «carta». El profeta Jeremías escribió una carta a los cautivos en Babilonia, indicando que debían acomodarse, pues permanecerían allí 70 años: «Estas son las palabras de la carta que el profeta Jeremías envió de Jerusalén al resto de los ancianos de la cautividad, a los sacerdotes, a los profetas y a todo el pueblo, que Nabucodonosor había llevado cautivo de Jerusalén a Babilonia» (Jer 29.1 rva).

Es variado el contenido de un seper. Podría contener una orden escrita, una comisión, una solicitud o un decreto, como en la siguiente cita: «Mardoqueo escribió las cartas [seper] en el nombre del rey Asuero, las selló con el anillo del rey y las envió por medio de mensajeros a caballo, que cabalgaban los veloces corceles de las caballerizas reales» (Est 8.10 rva). Si divorciaba a su mujer, un hombre le presentaba un documento legal conocido como seper de divorcio (Dt 24.1). Aquí seper significa «certificado»o «documento legal».A algunos otros documentos legales también se les podria llamar seper. Como documento legal, el seper podía publicarse o bien esconderse hasta un tiempo más apropiado: «Así ha dicho Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel: Toma estos documentos (el documento de compra sellado y la copia abierta), y ponlos en una vasija de cerámica para que se conserven por mucho tiempo» (Jer 32.14 rva).

La Septuaginta ofrece las siguientes traducciones: biblion («rollo») y gramma («carta; documento; escritura; libro»).

Limpiar, Limpio

 Verbo

taher (rhef;), «estar limpio, puro». La raíz de este vocablo aparece más de 200 veces en varias formas: verbo, adjetivo o nombre.

Desde la caída de Adán y Eva, ninguno de sus descendientes está «limpio» («es puro») ante la presencia de un Dios santo: «¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?» (Pr 20.9). Elifaz amonesta a Job al decir que nadie es inocente delante de Dios: «¿Será el hombre más justo que Dios? ¿Será el varón más puro que su Hacedor?» (Job 4.17 rva).

Sin embargo, hay esperanza, porque Dios promete a un Israel arrepentido que los limpiará «de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron» (Jer 33.8). Ha dicho Dios: «Yo los salvaré de todas sus rebeliones con que han pecado, y los purificaré. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios» (Ez 37.23 rva).

El efecto funesto del pecado se reconoce en la temible enfermedad de la lepra. Después que el sacerdote diagnosticaba el mal, podía declarar «limpio» al doliente únicamente después de realizar ceremonias de purificación: «Y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en agua, y será limpio» (Lv 14.9).

Dios demanda que su pueblo observe ritos de purificación antes de entrar en su presencia para el culto. En el Día de Expiación, por ejemplo, se prescribían ciertas ceremonias con el fin de «limpiar» el altar de «las impurezas de los hijos de Israel» y «santificarlo» (Lv 16.17–19; cf. Éx 29.36ss). Los sacerdotes debían purificarse antes de llevar a cabo sus tareas sagradas. Moisés debía tomar a los levitas y purificarlos (Nm 8.6; cf. Lv 8.5–13). Después del cautiverio en la tierra impura de Babilonia, «los sacerdotes y los levitas se purificaron y purificaron al pueblo, las puertas y la muralla [reconstruida de Jerusalén]» (Neh 12.30).

«Purificar» a veces exigía que se expurgaran físicamente ciertos objetos. Durante la reforma del rey Ezequías, «los sacerdotes entraron en la parte interior de la casa de Jehová para limpiarla. Sacaron al atrio de la casa de Jehová toda la inmundicia que hallaron en el templo de Jehová» (2 Cr 29.16 rva).

Algunos ritos requerían sangre como agente purificador: «Rociará sobre él la sangre siete veces con su dedo, y lo purificará y santificará de las impurezas de los hijos de Israel» (Lv 16.19 rva). Después de un parto se ofrecían sacrificios de propiciación para la madre: «Traerá … el uno para el holocausto y el otro para el sacrificio por el pecado. El sacerdote hará expiación por ella, y quedará purificada» (Lv 12.8 rva).

Adjetivo

tahoÆr (r/hf;), «limpio; puro». El vocablo denota la ausencia de impureza, suciedad, contaminación o imperfección. Tiene que ver concretamente con sustancias genuinas y sin adulterar, asimismo con una condición espiritual y cúltica sin mácula.

El oro es visto como un material libre de impurezas. Por eso, el arca del testimonio, el altar de incienso y el pórtico del templo se recubrieron «de oro puro» (Éx 25.11; 37.11, 26; 2 Cr 3.4). Algunos de los muebles y utensilios en el templo tales como: el propiciatorio, el candelabro, las fuentes, vasijas, tazones, jarros, despaviladeras, platillos, eran de «oro puro» (Éx 37.6, 16–24). Entre las vestimentas del sumo sacerdote se encontraban «dos cadenillas de oro puro» y un «pectoral … de oro puro» (Éx 28.14, 22, 36).

Dios demanda que su pueblo tenga pureza espiritual y moral, sin mancha de pecado. Cualquiera que no estuviere limpio de pecado está sujeto al rechazo y castigo divino. Esta contaminación no se pierde con el correr del tiempo ni uno se sobrepone a ella. Puesto que el pecado contamina una generación tras otra, Job pregunta: «¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie» (Job 14.4). A pesar de las apariencias, no se puede decir «que a todos les sucede lo mismo … al puro y al impuro» (Ec 9.2 rva). Por otro lado, hay esperanza aun para el peor de los pecadores porque cualquiera puede apelar a la misericordia de Dios diciendo: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; y renueva un espíritu recto dentro de mí» (Sal 51.10).

En marcado contraste con las acciones y la naturaleza contaminada de los seres humanos, «las palabras de Jehová son palabras puras» (Sal 12.6 rva). El Señor «es demasiado limpio como para mirar el mal» (Hab 1.13 rva).

El adjetivo «limpio» describe a menudo la pureza que se mantiene al evitar contacto con otros seres humanos, al abstenerse de comer animales y no usar objetos que se han declarado ritualmente impuros. La «purificación», por el contrario, se logra cuando se observan procedimientos rituales que simbolizan la remoción de la contaminación.

Al pueblo del antiguo pacto se le informó que «el que toque el cadáver de cualquier persona quedará impuro durante siete días» (Nm 19.11). Un sacerdote no podía contaminarse «a causa de algún difunto de su pueblo», excepto si era «un pariente cercano» (Lv 21.1–2 rva). Pero esta exención de la regla se le negaba al sumo sacerdote y también a los nazareos «durante todo el tiempo de su consagración a Jehová» (Nm 6.6ss).

Los ritos de purificación enfatizaban el hecho de que a los seres humanos nos concibieron y parieron en pecado. Aunque la concepción y el nacimiento no se tacharon de inmorales (de la misma manera que morir no era inmoral), una mujer que acababa de dar a luz permanecía impura hasta sujetarse a los ritos de purificación prescritos (Lv 12). El capítulo 15 de Levítico prescribe la purificación ritual de las mujeres durante su flujo menstrual, también de los hombres con emisiones seminales, así como «para la mujer con quien el varón tuviera ayuntamiento de semen» (Lv 15.18 rv).

Para ser ceremonial o cúlticamente «limpio», un israelita tenía que abstenerse de comer ciertos animales y aun de tocarlos (Lv 11; Dt 14.3–21). Después que los israelitas se asentaron en la tierra prometida, se hicieron algunas modificaciones en los reglamentos (Dt 12.15, 22; 15.22).

Los ritos de purificación a menudo requerían agua. Para purificarse, una persona tenía que lavarse a sí mismo y toda su ropa (Lv 15.27). Se rociaba agua sobre el individuo, su tienda y todos sus enseres: «Una persona que esté pura tomará hisopo y lo mojará en el agua. Luego rociará la tienda, todos los utensilios, a las personas presentes, y al que tocó un hueso o a uno que ha sido matado o un cadáver o una tumba» (Nm 19.18 rva). A veces el que se purificaba tenía también que cambiar sus ropas (Lv 6.11).

A pesar de la importancia de los ritos, estos no acumulaban méritos que ganaran el favor y el perdón de Dios. Los ritos tampoco cumplirían su función si se realizaban en forma mecánica. A menos que los ritos expresaran el deseo contrito y sincero de la persona de ser purificada de la mácula del pecado, estos eran una abominación a Dios y solo contribuían a agravar la culpabilidad del penitente. Cualquiera que apareciese delante de Él durante un rito o ceremonia con «manos … llenas de sangre» (Is 1.15) y no clamara por la purificación de su crimen, lo juzgarían tan malvado como la gente de Sodoma y Gomorra. La esperanza de Sion se encuentra en la purificación mediante una ofrenda: «Y traerán a todos vuestros hermanos de entre todas las naciones, como ofrenda a Jehová, a mi santo monte en Jerusalén, tanto en caballos como en carros … de la misma manera que los hijos de Israel traen su ofrenda en vasijas limpias a la casa de Jehová» (Is 66.20 rva).

Luchar, Combatir

 Verbo

lajam (µj'l;), «luchar, batallar, combatir, pelear». Este vocablo se encuentra en todos los períodos del hebreo, así como en el antiguo ugarítico. Se halla en el texto de la Biblia hebraica más de 170 veces. Lajam aparece por primera vez en Éx 1.10, donde el faraón de Egipto expresa sus temores de que los esclavos israelitas, al multiplicarse, se unan a algún enemigo para luchar contra los egipcios.

Aunque el término se aplica comúnmente a «batallas campales» entre dos ejércitos (Nm 21.23; Jos 10.5; Jue 11.5), también se usa para describir «combates mano a mano» entre dos personas (1 S 17.32–33). Con frecuencia, Dios «pelea» una batalla en favor de Israel (Dt 20.4). En lugar de espadas, las palabras que pronuncia una lengua mentirosa suelen usarse para «combatir» a los siervos de Dios (Sal 109.2).

Se suele decir popularmente que lajam tiene alguna relación etimológica con lejem, el término hebreo para pan, ya que, según la etimología popular, las guerras se pelean a menudo por pan. Sin embargo, esta etimología no tiene buen fundamento.

 Nombre

miljamah (hm;j;l]mi), «batalla; guerra». Este nombre aparece más de 300 veces en el Antiguo Testamento, lo cual indica el papel preponderante que tuvo la experiencia y terminología militar en la vida de los antiguos israelitas. Uno de los primeros casos de miljamah se encuentra en Gn 14.8 (rva): «Entonces salieron el rey de Sodoma [y] el rey de Gomorra … y dispusieron la batalla contra ellos en el valle de Sidim».

 

Lugar Alto

bamah (hm;B;), «lugar alto». Este nombre se halla en otras lenguas semíticas con el significado del lomo de un animal o la espalda de un hombre (ugarítico), la ladera o «lomo» de una montaña (acádico) o el «bloque» de piedra o tumba de un santo (árabico). En hebreo bíblico, bamah se usa unas 100 veces y por primera vez en Lv 26.30 (rva): «Destruiré vuestros lugares altos, derribaré vuestros altares donde ofrecéis incienso, amontonaré vuestros cuerpos inertes sobre los cuerpos inertes de vuestros ídolos, y mi alma os abominará». La mayoría de los casos se encuentran en los libros de Reyes y Crónicas, con el significado de un «lugar alto» de culto. Son contadas las veces que el término se encuentra en el Pentateuco o en la literatura poética o profética.

Bamah con la simple acepción de «espalda» o «lomo» también se halla en el Antiguo Testamento: «Tus enemigos tratarán de engañarte, pero tú pisotearás sus lugares altos» (Dt 33.29 rva nrv; «alturas» rvr; «espaldas» bj).

El uso metafórico en la Biblia de los «lomos» (bamah) de las nubes y de las olas del mar causa problemas a los traductores: «Sobre las alturas [«el dorso» nbe] de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Is 14.14 rvr), y «Por sí solo extiende los cielos y camina sobre las ondas [«alturas» rv; «dorso» nbe] del mar» (Job 9.8). Un problema parecido se encuentra en Sal 18.33 (rva) (cf. 2 S 22.34; Hab 3.19): «Hace que mis pies sean ágiles como los del venado, y me mantiene firme sobre mis alturas». En estos pasajes, bamah se debe entender como una expresión idiomática que expresa «autoridad».

Metafóricamente el vocablo sirve para describir al Señor que provee para su pueblo: «Le hizo cabalgar sobre las alturas de la tierra, y le hizo comer los productos del campo. Hizo que chupara miel de la peña, aceite del duro pedernal» (Dt 32.13 rva; cf. Is 58.14). El modismo, «cabalgar sobre las alturas de la tierra», expresa, en términos hebreos, cómo protege Dios a su pueblo. Señala la naturaleza exaltada de Israel, cuyo Dios es el Señor.

No todos los bamah fueron literalmente «lugares altos» cúlticos; el término puede referirse sencillamente a una unidad geográfica; cf.: «Por tanto, por culpa de vosotros Sion será arada como campo. Jerusalén será convertida en un montón de ruinas; y el monte del templo, en cumbres boscosas» (Miq 3.12 rva; cf. Am 4.13). Antes de llegar los israelitas, los cananeos sirvieron a sus dioses sobre estos montes, en los que sacerdotes paganos presentaban sus sacrificios a los dioses: Israel imitó tal práctica (1 R 3.2), aun cuando sacrificaban al Señor. Los lugares altos de las naciones circunvecinas estaban dedicados a Quemós (1 R 11.7 rva), Baal (Jer 19.5) y otras divinidades. Sobre el «lugar alto» se construía un templo que se consagraba al dios: «También hizo [Jeroboam] santuarios en los lugares altos e instituyó sacerdotes de entre la gente común, que no eran hijos de Leví» (1 R 12.31 rva). Los santuarios se decoraban con símbolos cúlticos; por lo que los pilares sagrados (<asherah) y los árboles y palos sagrados (matstsebah) se asociaban con templos: «También se edificaron lugares altos, piedras rituales y árboles de Asera, en toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso» (1 R 14.23 rva; cf. 2 R 16.4).

Antes de la construcción del templo, Salomón adoró al Señor en el gran bamah de Gabaón (1 R 3.4). Esto se permitió hasta la consagración del templo; sin embargo, la historia demuestra que Israel no tardó en apropiarse de los «lugares altos» para usos paganos. Hubo bamah en las ciudades de Samaria (2 R 23.19), Judá (2 Cr 21.11) y hasta en Jerusalén (2 R 23.13). Los bamah fueron sitios de prostitución ritual: «Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre. Sobre las ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar; y el vino de los multados beben en la casa de sus dioses» (Am 2.7–8).

La Septuaginta usa los siguientes términos griegos: hupselos («alto; altivo; elevado»), bama (transliteración del hebreo), bomos («altar»), stele («pilar») y hupsos («altura; lugar alto»).

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